Archive for Septiembre, 2009

La costa, reina de las vacaciones

Viernes, Septiembre 25th, 2009

La costa sigue siendo la reina de los destinos vacacionales o turísticos de una mayoría de jerezanos: las bellas playas peninsulares o los encantos de las islas españolas.
Sonia Lobo, que regenta la agencia Lobo Tours en la avenida de Arcos, hace el balance de los destinos más apetecidos por los jerezanos. «Está claro que la costa sigue siendo lo más demandado. Servicio en un buen hotel con todo incluido. Esto sigue siendo el viaje estrella para el jerezano», asegura. En cuanto a destinos, los más apetecibles han sido «las islas, bien sean Mallorca o Canarias, y también la costa de Huelva y mucho al Algarve portugués. Las playas portuguesas son maravillosas y todavía el país vecino es más barato que España. Otro destino es Madeira. Muy solicitado también», explica Sonia.
El Caribe ha decaído como lugar para vacaciones como consecuencia de la gripe A. Sobre todo los relativos a Cancún o la península del Yucatán. «En muchos casos, ha habido cambios por miedo del cliente. El cambio ha sido posible gracias a que confía en una agencia de viajes. Así que nuestros touroperadores han ofrecido otros destinos sin apenas costes de cancelación. En este sentido, otros lugares como Brasil, Jamaica o Punta Cana se han visto beneficiados», comenta Sonia Lobo. Aunque habría que decir que la demanda al Caribe también ha estado presente entre los destinos de muchos jerezanos.
Y por último, los circuitos nacionales. Esos autobuses que viajan al norte de España. Galicia, Asturias o la cornisa cantábrica a bajos costes y con interesantes destinos ya organizados. «Es un poco el rey de los viajes. En Jerez hay mucha demanda de este tipo de servicio. Tienes pensión completa, se suele ir a hoteles con buenos servicios y los destinos suelen ser muy interesantes». Así que las costas nacionales, las islas afortunadas y algunos que han decido irse al Caribe, han sido los destinos más solicitados. Sin olvidar los circuitos con autobuses que siempre salen de Jerez.

fuente/lavozdigital.es/

La vida marina y la ausencia de ruido encantan a quien visite Ihla Grande, Brasil

Martes, Septiembre 15th, 2009

Una montaña de selvas tupidas y manadas de monos aulladores asomados entre árboles dan la bienvenida en la isla. Es el lugar perfecto para quienes huyen del estrés o de las tristezas.

Apenas se pone un pie en el lugar se siente en las entrañas un deseo intenso de quedarse ahí toda la vida. Ihla Grande es un paraíso de esos sobre los que uno se pregunta si en realidad existen.

Y sí. Este sí existe y con montañas verdes, decenas de playas de arenas distintas y aguas cristalinas, y esa vida que transcurre sin la contaminación de los carros ni los afanes de la ciudad (en la isla no están permitidos los autos), Ilha Grande enamora y atrapa sin aviso. No hay más que dejarse llevar por sus encantos.

Es un destino para aquellos que buscan un lugar que le dé más sentido a la vida.

Aquí los días trascurren entre caminatas, a bordo de los barcos que recorren diariamente los lugares de observación de peces y las mejores playas.

Por eso, no es casual que en medio de tanta selva y tortugas marinas se encuentren decenas de personas que han decidido cambiar sus vidas y dedicarse a disfrutarla en contacto pleno con la naturaleza.

En Ilha Grande no es extraño toparse con ex gerentes de bancos que hoy allí alquilan kayaks, hombres que fueron ejecutivos en Sao Paulo que ahora ofrecen paseos en barco, periodistas que sirven de guías turísticos, enfermeros dedicados a dar paseos en lancha y hasta ex paracaidistas acrobáticos, que no quieren hacer más que caminar por la playa y proteger el ambiente.

El sol se asoma tras el continente y el mar de la isla se ilumina con esos tonos verdes azulados de aguas calmas por donde pasean a diario las tortugas marinas. Los delfines pasan jugando y uno descubre que no existe nada más importante que verlos pasar y nada más deliciosos que sentir cómo el mar cálido llega hasta los pies.

Es otro mundo. Uno que acoge a los viajeros con cariño, con una tranquilidad de la que es difícil soltarse… No en vano, Ilha Grande también se conoce como el cementerio de los veleristas, porque los navegantes, que usualmente pasan sólo dos días en cada puerto, llegan a este lugar y no pueden volver a arrancar. Quedan anclados en el paraíso, fascinados por su belleza.

Algunos barcos que tenían otro rumbo se quedaron aquí para siempre, otros se dejan seducir por meses. Luego su tripulación levanta las velas, siempre con el corazón en la mano.

Algo mágico tiene esta isla, que hace que sea muy difícil desprenderse de ella y dejar de soñarla cuando uno ya está lejos. Quizás sean sus 130 kilómetros de costa o sus más de 100 playas, como Lopes Mendes, de más tres kilómetros de una arena blanca, tan fina que se camina entre sonidos de ‘cric, cric’.

O tal vez sean sus montañas, ese pico de Papagayo, el segundo más alto de la isla, (el primero mide 1.031 metros sobre el nivel del mar, m.s.n.m) pero no tiene acceso para los turistas, que desde sus 982 m.s.n.m. deja ver a lo lejos los techos de Río de Janeiro. O de pronto son las cascadas, como la Feiticeira (Hechicera) que, según la leyenda, deja atrapado a todo aquel que se bañe en sus aguas.

Algo mágico tienen las playas de Cachadaço y Palmas, de suelo claro entre tanto verde, los cientos de peces con rayas tigre de la Lagoa Azul y también la playa Preta, de arenas tan negras que dejan los pies color ceniza.

Sin duda, el principal encanto de la isla está en la combinación de selva, morros, escarpadas, pontones, playas, planicies, ríos y grutas.

En Ilha Grande todos son habitantes de honor… Los cangrejos gigantes (guaiamum), los micos pequeños de cola larga que viven tan tranquilos que se dejan tomar fotos a pocos centímetros, las manadas de monos aulladores (bujíos) que se oyen a lo lejos; los caracoles que invaden los caminos del pueblo en las noches y hasta las mantarrayas que pasean en pareja cerca a la playa.

Si usted va…

-Los colombianos no necesitan visa para viajar a Brasil, sólo la vacuna contra la fiebre amarilla.

-Vila do Abraão, con unos 3.000 habitantes, es la capital de la isla y donde se encuentra la principal infraestructura turística. Son decenas de posaditas con no más de 14 cuartos, que en su mayoría incluyen el desayuno.

-Los grandes hoteles están prohibidos para que los pobladores se beneficien del turismo. En temporada baja (de abril a noviembre) el precio de una habitación doble está entre 60 y 120 reales (de 60.000 a 120.000 pesos). En temporada alta (diciembre a abril) los precios se duplican. También hay camas en habitaciones y baños compartidos. Se puede acampar y alquilar carpas en los sitios legalmente constituidos para ello.

-La isla está ubicada a 180 kilómetros al sur de Río de Janeiro, mide 193 kilómetros cuadrados y fue descubierta en 1502, dos años después del descubrimiento del Brasil. Sirvió como punto estratégico del tráfico de esclavos, fue la sede de grandes plantaciones de caña y tabaco, y desde 1940 hasta 1994 sirvió de prisión para presos comunes y políticos, hasta que el presidio Cândido Mendes fue demolido. Desde entonces ha desarrollado la industria turística.

-Es considerada una reserva biológica y cuenta con un centro de investigaciones, a cargo de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro, en el sector de Dois Rios, el lugar donde antiguamente quedaba el presidio Cândido Mendes.

-Si va a viajar lleve impermeable, botas de caminar, protector solar y repelente. Para llegar a la isla puede tomar la barca desde Angra dos Reis o Mangaratiba, que tarda, en promedio, una hora y media, o el catamarán que se demora 45 minutos. Verifique los horarios de las barcas porque son limitados y varían.

-Es importante llevar suficiente dinero en efectivo porque en la isla no hay bancos ni cajeros y no todos los negocios reciben tarjeta de crédito. Si alquila carro en el continente, puede guardarlo en parqueaderos seguros en Angra dos Reis.

-En la isla hay decenas de agencias dedicadas a los paseos en barco. Aunque existen tarifas establecidas, es mejor comparar los precios y las ofertas.

fuente/eltiempo.com

Alucinantes azules

Martes, Septiembre 8th, 2009

La solitaria playa de la bahía de las Águilas, un descubrimiento al sur de la República Dominicana.

El Sur Profundo. Así es como muchos dominicanos se refieren a la provincia de Pedernales, la más alejada, la más desconocida, la menos atendida, la menos explotada, donde pocos llegan, de la que pocos se olvidan. De este sur, que linda con Haití, proceden muchos de los emigrantes dominicanos que vienen a España. En este extremo meridional de la República Dominicana se encuentra una de las regiones más bellas de la isla y una de sus mejores playas, la más virgen, la de la bahía de las Águilas.

El viaje hasta Pedernales es largo, entre siete y ocho horas desde la capital en una guagua típica, el único transporte público disponible; uno de esos autobuses que se detiene donde los pasajeros quieren y para lo que quieren, de esos sin maletero y en los que los bultos van atados a una rejilla de la parte delantera: lavadoras, motocicletas, sacos de plátanos… Durante el camino, acallando la oración de algún viajero para poner la guagua en manos de la virgen de la Altagracia, suenan bachatas a un volumen casi dañino para los oídos (detalle que no parece molestar a ningún otro pasajero).

A medida que se avanza hacia el oeste por la costa, el paisaje va cambiando. La abundante vegetación a la salida de la capital se transforma, poco a poco, en una vista de matorrales bajos y tierra árida, hay vendedores de mangos y puestos de venta de pilones de madera (morteros). Todo indica que nos vamos alejando del norte.

La primera vez que se divisa el mar es un poco antes de llegar a Barahona, la capital de la región Sur. El Caribe aquí tiene un color azul claro pero intenso, limpio pero agitado, y contrasta con la luminosidad blanquecina y cegadora del sol sureño, con la árida tierra blanquecina. A lo lejos se divisa el famoso ingenio azucarero, que durante tanto tiempo fue una de las principales fuentes de ingresos de este país. Hoy el negocio está en manos extranjeras y ha sido superado en importancia por el turismo, que, sin embargo, aún no ha llegado a esta zona. En los alrededores del ingenio continúa la vida en el Batey Central, donde reside la comunidad dominico-haitiana, y donde se respira la complicada relación entre dos países compañeros de isla y enemigos de Historia: “El sincretismo del ron y el triculí, el merengue y el gagá, el cristianismo y el vudú, el amor y la pasión”.

A partir de Barahona se entra en un paisaje de ensueño y mi cámara se dispara sin control. Kilómetros de costa de arena o piedras blancas relucientes que contrastan con el color azul turquesa caribe que parece casi de mentira, con palmeras de cocos levantándose desafiantes en todas las direcciones y que recuerdan que por aquí frecuentan ciclones. La vegetación vuelve a abundar, a un lado el mar, al otro, verdes montañas con cafetales. Algunas de las playas que pasamos tienen piscinas naturales, formadas por los ríos que desembocan aquí, donde la mayoría de los dominicanos prefiere bañarse. Aunque no tenga fama, el mar Caribe puede tener olas muy peligrosas.

Hay pocas poblaciones en el camino, y a medida que avanzamos, escasean más aún. Empieza a imperar la sensación de aislamiento típica de la vida isleña. En el camino se divisa algún que otro pequeño resort hotelero que parece abandonado y, en la lejanía, casas linajudas que destacan con sus colores coloniales brillando en medio de la nada. Entran sueños de retirarse en un lugar como éste. La carretera es estrecha y en algunas zonas tiene muchas curvas, pero la guagua no reduce la velocidad en ninguna.

Después de siete horas y media de viaje, se llega por fin a Pedernales. Ya es casi de noche. Nos quedamos en el hostal de Doña Chava (tampoco es que haya mucha elección), una casita de madera con un jardín central lleno de plantas y mosquitos, con habitaciones bastante limpias y decentes, y ¡conexión a Internet! La hija de la dueña nos pone al día de las opciones turísticas de una zona que aún sigue siendo objetivo de biólogos y viajeros con espíritu aventurero. Un ecosistema único en el mundo, un caleidoscopio meteorológico con especies de aves endémicas y donde habita el lagarto más pequeño del mundo, sólo mide 16 milímetros. Aquí se encuentra el Hoyo de Pelempito, una increíble depresión volcánica. En el viaje hacia su interior bajan las temperaturas de 35° a 15° en menos de 20 minutos.

Pedernales es un lugar curioso. Esta frontera no se parece en nada a la del norte, Dajabón, donde circulan todos los lunes y viernes miles de haitianos y dominicanos vendiendo sus mercancías. Aquí también hay un mercado binacional, pero es mucho más pequeño, más recogido: unos cuantos puestos de verduras y hortalizas, y otros de venta de ropa usada, uno de los negocios más importantes de las ciudades fronterizas de la isla. Curiosamente, mucha población aquí tiene familia en Madrid, y es fácil encontrarse hablando en jerga castiza con los lugareños en un comedor cualquiera o en un colmadón, un reciente fenómeno cultural digno de disfrutar, mezcla entre un chiringuito de ciudad, con música y pista de baile, y una tienda Seven-Eleven.

En moto-concho
Bahía de las Águilas está un poco retirada de Pedernales. La infraestructura turística es muy limitada, así que la única forma de llegar es pagando unos diez euros por un moto-concho (una moto-taxi) para llegar a la Cueva, el único lugar desde donde se puede acceder a bahía de las Águilas. Desde aquí sólo queda caminar dos horas, o coger una pequeña barca con motor, unos diez minutos, para llegar a la playa. En la Cueva hay un restaurante y también existe la opción de alquilar tiendas de campaña. En bahía de las Águilas está permitido acampar, pero hay normas estrictas de limpieza y de protección del medio ambiente, así como reglas de circulación: a esta playa vienen a desovar las tortugas, por lo que hay que andar con cuidado.

“No veo las águilas”, le digo al capitán del bote mientras nos lleva a la playa. “Aquí no hay águilas”, me dice sonriendo, y me explica que el nombre se debe a la forma de la playa vista desde arriba, que parece un águila en pleno vuelo desplegando una envergadura de diez kilómetros. Sólo este paseo en bote ha merecido los 36 euros que costó y las casi 8 horas de guagua. La costa es escarpada, con rocas que desaparecen en el agua y reaparecen formando un entresijo de piedras entre las que la barca se abre paso, y que recuerdan la bahía de Halong Bay (a una escala diminuta, por supuesto). ¡Y el agua! Nuestros ojos no dan crédito: no puede ser verdad, no puede existir un color tan turquesa en la naturaleza, un agua tan transparente. El capitán saca un hilo de nailon y le pone un anzuelo casero, lo tira, et voilá, en menos de un minuto hemos pescado la comida de hoy, ¿qué más se puede pedir? ¡Ah sí! No hay nadie más en la playa. Eso es el verdadero lujo.

fuente/elpais.com/